Tribulaciones por el pago de 500 pesos a fin de año
Preocupado porque el humor de la clase trabajadora no es el mejor, el Gobierno le sugirió al líder de la CGT, Hugo Moyano, que negocie con las empresas el pago, antes de Navidad, de una suma fija extra de 500 pesos, como pago especial por única vez, algo que erizó los pelos del empresariado que de por sí no sabe siquiera cómo va a poder pagar los aguinaldos.
Moyano, consciente de que si se mete en el medio de semejante tire y afloje le van a llenar la cara de dedos -tanto desde el lado de los patronos como de los empleados-, respondió que la única manera de ir adelante con semejante iniciativa es respaldándose en un decreto gubernamental. De otra manera, mejor ni empezar a hablar.
La realidad es una sola. La plata no alcanza y la espiral inflacionaria se chupó como una esponja de primera calidad todos los aumentos acordados hasta la fecha.
Creer y pregonar
Hay un detalle, hasta ahora se creía que sólo el matrimonio Kirchner y por supuesto su emblemático escudero Guillermo Moreno –al que han vuelto a presentar en sociedad, planchadito y bañadito como muñeco de torta- estaban convencidos de que los precios bajaban todos los días, en lugar de subir. La sugerencia a Moyano para que consiga ese dinero de los empresarios es señal de que ni ellos mismos creen lo que pregonan.
En consecuencia, que sea Moreno –es decir el Gobierno- el que subsidie ese pago. No
Lo real es que el Gobierno está perdiendo la batalla contra su peor enemigo al que ni siquiera quiere reconocer como tal: la inflación.
hay más que dictar una norma que faculte a las empresas a deducirlo de lo que se paga por la multiplicidad de impuestos que se cobran (tanto en el plano nacional, como provincial y comunal) y entonces todos felices. Es muy lindo hacer negocios con el dinero de los otros, y mucho mejor aún gastarlo a cuatro manos con la generosidad de no esforzarse para ganarlo.
Lo real es que el Gobierno está perdiendo la batalla contra su peor enemigo al que ni siquiera quiere reconocer como tal: la inflación. Manejar la economía de un país reconoce principios básicos y elementales como los que puede exigir una casa. Los ingresos tienen que ser siempre superiores a los gastos, aunque para lograr ese objetivo haya que estar condenados a comer todos los días fideos con aceite. Claro que el primero que tiene que someterse a semejante dieta es el jefe de la familia, privilegiando a los más débiles del entorno familiar con las proteínas necesarias. Pero si éste se va a cenar todas las noches a un restaurante, deja a los suyos una dieta de caldo y huesos, y encima paga su festichola con tarjeta de crédito, endeudándose cada día más, el resultado –como ocurre en nuestro país- es explosivo.
Es impresionante cómo se gasta y malgasta en Argentina. Basta echar una ojeada a los presupuestos de la Nación, como de las provincias o de las municipalidades para comprobar que el dinero público, fruto del esfuerzo de los contribuyentes privados, se escabulle como agua por una alcantarilla y, peor aún, sin solución de continuidad.
La preocupación
En ese contexto lo único que preocupa al matrimonio presidencial (y lo único que preocupa a los gobiernos e intendentes de provincias, al menos a la mayoría de ellos) es cómo ganar las elecciones el año próximo y después se verá, partiendo de la providencia de que Dios es argentino (o al menos siempre lo fue). Un revés electoral a nivel legislativo complicaría a tal punto las cosas que haría imposible al oficialismo el poder gobernar.
De ahí todas estas “iniciativas” que se están ventilando en las últimas horas y que apuntan a golpear la parte más sensible de la sociedad: el bolsillo de los trabajadores, creando falsas o discutibles expectativas en un contexto de gran retracción económica y preocupantes indicios de recesión.
La plata hace falta, nadie lo discute porque las cosas primordiales para vivir están en no pocos casos un ciento por ciento más caras que hace un año, aunque el Indec diga lo contrario. Pero a menos que el Gobierno ayude, aflojando el dogal impositivo, el dinero propiciado será imposible de pagar en casi el 90 % de los casos. Sólo las grandes empresas, en particular las petroleras, podrían afrontarlo sin problemas. El resto se vería en muchos aprietos y profundizaría los también alarmantes índices progresivos de desocupación.
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