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Un conflicto que cumple un mes |
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09 agosto 2008 11:36 |
El 7 de julio pasado, los más de 60 empleados de la Clínica Privada Regional decidieron realizar un quite de colaboración, ante la falta de pago de sus salarios. A partir de entonces, una vez que todos los pacientes fueron dados de alta, los trabajadores se instalaron en el establecimiento y desde hace un mes viven allí.
“Estamos lo que más podemos”, es la primera frase que dicen casi todos los empleados cuando se le pregunta cuánto tiempo pasan en la Clínica y qué es lo que hacen para poder llevar adelante esta protesta.
Si bien siempre se muestran dispuestos al diálogo en busca de encontrarle una solución al conflicto, también aseguran que no abandonarán el establecimiento hasta que reciban una propuesta que los satisfaga y que sea factible de cumplir.
Cronología
Daniel Roques, María Pérez, Miriam Aranda, Blanca Falcón, María Balda, Hermelinda Leonardo y Dina Buiatti dialogaron con Ecos Diarios y explicaron los detalles que llevaron a este conflicto.
Falcón comentó que “cuando se dieron de alta los pacientes, como los médicos de guardia no querían llenar los bonos y cobrar la diferencia de algunas obras sociales, también dejaron las guardias y ahí se decidió tomar la Clínica”.
“Ellos (por los integrantes del directorio) dicen que la Clínica se cerró por culpa del personal, pero eso no es así”, dice Miriam Aranda, puntualizando que “no había médicos de Terapia Intensiva, había 2 ó 3 médicos de guardia, no había insumos… No había nada”.
Mientras dialogan, cuentan que ante la falta de insumos los empleados salían y compraban los mismos en farmacias de la ciudad, pero a precio de venta al público.
A partir de entonces, los empleados de administración, enfermería, mucamas y mantenimiento cerraron las puertas al público y comenzaron a vivir en la Clínica, con todo lo que ello significa.
En realidad, los empleados cumplen el horario que realizaban cuando la clínica funcionaba. Llegan, fichan y luego se juntan en diferentes sectores a charlar, tomar mate y jugar a las cartas.
Todos cumplen con las 8 horas de trabajo, pero generalmente suelen quedarse más tiempo acompañando al resto de los trabajadores. “Siempre nos quedamos un poco más”, dicen, al tiempo que Aranda sostiene que “es triste quedarse acá solos, por eso nos damos apoyo entre todos”.
Mate y ayuda
Ante la consulta, sostiene que “mientras que estamos acá pensamos cómo negociar con ellos (los propietarios), implementar pagos que sean posibles… Estamos buscando seguir trabajando y que esto sea viable”.
Mientras esperan llegar a aun acuerdo con los propietarios del establecimiento médico, los empleados pasan el tiempo entre charlas, mate y jugando a las cartas. El truco y el chin-chón son los juegos elegidos, mientras que el mate pasa de mano en mano en la cocina.
Justamente, la cocina es el lugar donde suelen juntarse durante más tiempo, aunque siempre hay algunos trabajadores que se quedan en el hall de ingreso recibiendo a quienes los visitan.
Durante estos 30 días de conflicto, los empleados cuentan que mucha gente los ha ayudado con mercadería. Por ejemplo, una panadería les lleva todas las mañanas pan y facturas, y el Matadero Municipal les donó media res que repartieron entre las familias que más necesidades tienen.
“Uno agradece la ayuda, pero realmente es muy triste llegar acá y ver las bolsas de donaciones… siendo que tenemos trabajo y sueldo”, dicen casi a coro Roques, Pérez, Balda, Leonardo y otros empleados que se suman al diálogo.
El movimiento de gente es casi constante. No sólo de empleados, sino de familiares y amigos que los acompañan en este difícil momento. Algunos llegan con galletitas, otros con yerba y algunos con azúcar u algún otro alimento para el desayuno, almuerzo o la cena.
Para Aranda, “no puede ser que vengan a darte una limosna, la cual agradecemos, pero nosotros tenemos trabajo y la plata no están en nuestras casas”.
“Realmente nuestras familias nos dan un apoyo impresionante”, coinciden, puntualizando que “para pasar el rato hacemos bromas, jugamos a las cartas y preparamos la comida entre todos”. El menú no sale de arroz, fideos y algún guiso, para el cual todos ponen el dinero que tienen en el bolsillo.
Los trabajadores reconocen que el día a día de los es realmente difícil de sobrellevar, pero no abandonarán la lucha. “Nosotros no nos vamos a ir hasta que alguien venga y nos diga qué va a pasar y nos den el plan de pago por escrito”, concluyeron.
“No te queda otra… pero vamos a estar unidos hasta el final”, completó Aranda, quien es de las más escuchadas en el grupo, aunque también puntualiza que “realmente, esto es agotador… Preferimos trabajar ocho horas y no estar sin hacer nada, como ahora”.
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