El conflicto que enfrenta al campo argentino con el Gobierno no sólo ha dividido a la sociedad. También ha instalado entre analistas y politólogos una inacabada polémica acerca de la naturaleza del enfrentamiento.
¿Es un conflicto que expresa reivindicaciones meramente sectoriales o está teñido por el interés político? ¿Son los agricultores la avanzada de un movimiento político disruptivo que disputa el poder? Es una cuestión importante y en la que más le vale a los responsables políticos no equivocarse. La caracterización que se haga determina la índole de la respuesta y con ella se aleja o aproxima la solución.
Eduardo Aliverti, en Página 12, se pregunta, por ejemplo, porque CFK no puede reconocer que "lo del campo" es sencillamente un conflicto de recaudación fiscal. El periodista Néstor Scibona, en La Nación estima que "ha sido la seguidilla de actitudes del kirchnerismo las que ideologizaron al extremo lo que en esencia era una protesta sectorial". En cambio, para los "750 intelectuales" firmantes de la carta presentada en la Librería Ghandi, "hoy asistimos en nuestro país a una dura confrontación entre sectores económicos, políticos e ideológicos históricamente dominantes y un gobierno democrático que intenta determinadas reformas en la distribución de la renta y estrategias de intervención en la economía… Un clima destituyente se ha instalado, que ha sido considerado con la categoría de golpismo". En opinión del politólogo Carlos M. Vilas, "está claro para todo el que quiera verlo. El asunto de fondo no es el aumento a las retenciones a la renta extraordinaria de la tierra. Tampoco la política fiscal, o la agraria. Lo que está en juego por detrás de todo esto, dicho llanamente, es el poder". Afirmación compartida por Raúl Isman, para quien "se trata una vez más de la vieja contradicción entre el poder político y el poder económico, en la medida que el segundo de los nombrados conserva mecanismos decisionales fundamentales, desde los cuales presiona a toda la sociedad para que se subordine a su lógica de ganancia". Según el escritor José Pablo Feinmann, estamos frente al "agro-golpismo, los ilustrados de la derecha" que enfrentan hoy a "una peronista que no sólo es inteligente, sino, además, mujer. Un "escándalo" que los tiene locos y no pueden tolerar".
Todas estas opiniones pueden ser analizadas bajo la luz de la teoría de la reflexividad de George Soros. Para Soros, sólo en el mundo científico hay una relación unidireccional entre los enunciados y los hechos. Si un enunciado se corresponde con los hechos, es verdadero; si no es falso. Esto no sucede en el mundo de la política y la economía. Aquí los actores tratan de comprender la situación en que participan. Intentan formarse una imagen que se corresponda con la realidad (función cognitiva) pero por otra parte intentan moldear la realidad según sus deseos (función participativa). Cuando ambas funciones se hacen presentes estamos frente al fenómeno de la reflexividad.
Lo más interesante de la teoría de Soros es la importancia que asigna al sesgo, es decir las opiniones y expectativas que los actores introducen en los procesos de decisiones. Ese sesgo actúa como una fuerza causal en la historia. Las equivocaciones, las interpretaciones incorrectas y los errores de los actores desempeñan el mismo papel en los acontecimientos históricos que las mutaciones genéticas en los acontecimientos biológicos. Son errores pero generan consecuencias. Un caso particular de reflexividad son las profecías autocumplidas, es decir aquellas opiniones tan frecuentes en el mundo financiero que se difuminan rápidamente y contribuyen así a su propio cumplimiento.
Si aplicamos estas ideas al conflicto del campo, observamos que una reivindicación que en sus orígenes era meramente sectorial -dado que sólo se demandaba la rebaja de un impuesto- ha terminado convirtiéndose en un indudable conflicto político. Aspecto que ha adquirido inclusive para quienes, como el comentarista Alejandro Sala, simpatizan con la protesta campesina. En su opinión el conflicto con los productores agropecuarios ha derivado en "la primera manifestación ostensible del agotamiento de los métodos kirchneristas y por eso no es casual que, a pesar de los perjuicios que provoca, cuente con la simpatía de muchos otros sectores de la sociedad y, en definitiva, no sea visto con malos ojos prácticamente por nadie, excepto el gobierno y sus adláteres."
Lo más llamativo de toda esta cuestión es que quienes en principio debieran estar interesados en restarle protagonismo político al conflicto han sido los que más han contribuido a darle ese sesgo. En todos los países del mundo los gobiernos procuran reducir los conflictos, como hacen los bomberos con el fuego, para llevarlos a una magnitud controlable, apagarlos y evitar que se extiendan a otras esferas. No es el caso de Argentina, donde el propio gobierno es el que se ha encargado de insuflarle a la protesta extravagantes inspiraciones golpistas. Sorprendente regreso al pasado, como si se experimentara un irresistible sentimiento de nostalgia por los escenarios que rodearon los viejos tiempos.
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