Ochenta días atrás nadie hubiera imaginado el devenir de aquel anuncio que, allá por marzo, tuvo como protagonista a Martín Lousteau, que apuntaba a incrementar la recaudación a costa de un nuevo manotazo al mayor generador de divisas de Argentina, el agro nacional.
Definida como "yuyo" primero y como "cereal" en las últimas horas, en menos de tres meses la soja se transformó en una suerte de botín de guerra que, aún sin conocer con precisión, el Gobierno quiere mantener bajo control y a cualquier costo, incluso el de aniquilar los intereses económicos más genuinos que se han gestado en el país.
De no haber sido por la soja, no hubiese aparecido el escenario de asignaturas pendientes que esta gestión de Gobierno tiene, para empezar, con el sector más dinámico de la economía nacional.
Sin embargo y gracias al fenomenal salto que pegaron las cotizaciones de la oleaginosa en el comercio internacional, hoy queda más que claro que el encendido del motor de Argentina está a cargo de la producción primaria agrícola y su prima hermana, la agroindustria.
Prueba de ello es la crítica parálisis que ya muestran todos los rincones del país que sobrevivieron, hasta ahora, por la fuerza productiva del campo y ese desmantelamiento de pueblos del interior es apenas una muestra de la cruel masa de desocupados que arrojarán los errores que, dicho sea de paso, siguen cometiendo las autoridades nacionales.
Empecinados en torcer el brazo de un enemigo inexistente, los gobernantes se encaminan hacia un sendero de peligroso tránsito: no hay más espacio para bravuconadas ni prepotencia porque, en el intento por desplazarse, caerán todos estrepitosamente al vacío, se perjudicará el país como tal y se pulverizarán los mejores intentos por sacar adelante a la Nación y reposicionarla en el mundo.
Si crisis es oportunidad, en este caso se está desaprovechando, se está perdiendo la ocasión de producir para alimentar al mundo y en especial la de mantener los fenomenales compradores externos que las circunstancias, o el "yuyo", supo darle al país.
La demanda china no es un dato menor: se trata de los principales compradores de la oleaginosa argentina que, por estas horas y por inexactitud e impericia oficial, comienzan a mirar a otros mercados oferentes, donde se cumplan a rajatabla las tres "C" del comercio mundial (calidad, cantidad y continuidad), porque el país está perdiendo prestigio a pasos agigantados en el mundo de los negocios. Con la cosecha levantada casi en su totalidad, los silos se abarrotan de soja y también de maíz, de girasol y de incertidumbre, sobre todo si la apuesta es al trigo. Nadie cree en nadie y se duda hasta de la sombra de cualquier posición de un Gobierno que se va encerrando por decisión propia.
Ante la duda, nada mejor que aguantar el capital grano, vender lo estrictamente necesario y apechugar. Aguantar por lo menos esta trilla, que está provocando tantos dolores de cabeza a las autoridades que, impacientes, quieren ver en radas de carga en los puertos o, dicho de otro modo, en forma de divisas genuinas que ingresan por exportaciones.
La sensación generalizada es que la gente del campo se hartó, dijo un "basta" ancestral a todo manoseo y está decidida a no aflojar hasta que la situación se encarrille definitivamente. No están dispuestos a convivir con el conflicto que se mantiene en la superficie; saben que la cosa viene para largo y pelean con todas las armas que consideran válidas para que las secuelas, que quedarán sin duda, sean menores de las que se prevén.
Aunque nada lleva a pensar, por ahora, que la crisis del campo pueda resolverse en lo inmediato, estas actitudes perversas que demonizan a la producción primaria en el país han desarrollado la mejor docencia que nadie podía imaginar hace ochenta días: concientizar al país que el campo no sólo existe sino que tiene efecto multiplicador por donde se lo considere, en las buenas y en las malas.
Aunque buena parte de los argentinos no entienda con exactitud por dónde pasa la discusión entre campo y Gobierno, rescata que las cosas no andan bien, así como que se está perdiendo la capacidad de dirimir conflictos por la vía del diálogo sensato, adulto y sin pulseadas que, además de desgastar a las partes, no resuelven la crisis.
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