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Ecos Diarios - Kirchner copó la escena
Kirchner copó la escena Imprimir E-Mail
27 abril 2008 10:11

Su misión será una férrea defensa de Cristina y también se hará cargo de la economía

Por Hugo E. Grimaldi

Agencia DYN

Néstor Kirchner está decidido a enfriar la economía. Tras la eyección de Martín Lousteau del Palacio de Hacienda, entre otras cosas por sugerir lo mismo bajo ciertas reglas de aterrizaje suave, la afirmación parece un contrasentido si no se le se la expresa completa con un agregado no menor: Néstor Kirchner está decidido a enfriar la economía, pero a su modo y de la peor manera. A su estilo, al todo o nada, desde las formas y el fondo, desde lo técnico y esencialmente, desde lo político.
Lo más realista de toda la situación es que en su avance arrollador sobre el tablero de la política, cuyo primer objetivo ha sido el control total del Palacio de Hacienda, en pro de un operativo mayor destinado a "proteger (o entornar) a Cristina", el ex presidente acaba de blanquear su pasión amateur por la economía, dentro de lo que es la lógica del modelo que tiene en la cabeza. La buena base que parece tener Carlos Fernández desde lo fiscal y aún la notoria ineficiencia de Guillermo Moreno en materia productiva, le dan a Kirchner la seguridad de que sus órdenes serán cumplidas.
La movida no ha sido del todo mala para quienes tienen que tomar decisiones, pero a nivel macro la salida de Lousteau y la flamígera irrupción oratoria del ex presidente le ha puesto un ruido manifiesto a toda la situación económica que necesariamente impactará, en materia de expectativas, sobre la inflación y sobre el nivel de actividad. Arribar a este punto por la vía de ir a fondo en la coyuntura, aunque sin pensar en las consecuencias, es aterrizar a los panzazos en el mismo escenario tan temido por Kirchner, al mismo al que se habría llegado, según el paradigma oficial, a través de "las recetas de los 90", las que buscarían aplicar, según su visión sin "hipocresías", los economistas "que fundieron el país y que ahora quieren enfriar la economía".
Ese ruido se amplificó desde lo verbal hacia la sensibilidad del común de la gente, pero también como mensaje de uniformidad de pensamiento hacia la interna, ya que más allá de la guerra que le declaró al campo por "tirar humo", desabastecer y generar inflación, el encendido discurso del ex presidente en Ezeiza, en la tarde-noche de la renuncia del ministro, tuvo como misión central mostrar fortaleza política ante la tropa pejotista, que históricamente sólo sabe de traiciones cuando huele debilidad. Kirchner, un cultor del mercado-internismo típico de los primeros tiempos del peronismo, está convencido de que es la política la que determina la economía, sin considerar que la política poco puede hacer desde la gestión, cuando tiene entre sus manos un modelo que atrasa 50 años. El ex presidente ha retrocedido tanto en su concepción economicista que ha cambiado de un plumazo el sesgo del "modelo productivo-exportador" que defendió durante tanto tiempo, a favor de su renovada pasión por el mercado interno.

En otros países se trata
de congeniar con
más imaginación
que ideología


La gran dificultad que obsesiona a Kirchner no es nada más ni nada menos que el mismo problema que tienen muchos países productores de materias primas en estos días de alimentos caros en el mundo, aunque todos tratan de congeniar las variables con más imaginación que ideología. Fiel a su estilo, el ex presidente eligió el camino de la confrontación plena y se despachó contra los productores rurales, con un punto de vista que le pone un techo a las expectativas del sector: "quieren exportar todo. No les importa el estómago ni el bolsillo de los argentinos", vociferó el jueves.
Tal como después del período de bonanza cuando todo se le consentía, Carlos Menem pasó a ser para la historia el presidente que "destruyó" a la industria, Néstor Kirchner se encamina a ser recordado como aquel que "destruyó" el campo argentino.
Su concepción general de la economía es la de un modelo estatal que todo lo puede y del que todos dependen (centralización de favores que, entre otras cosas, suma votos y anula el federalismo), lo que es todo un problema para un país que, en la consideración pública, casi no tiene Estado, muy devaluado además por cuestiones que hacen a las sospechas sobre corrupción de los funcionarios que circunstancialmente lo integran. La comparación entre ambos ex presidentes no resulta ociosa, ya que, a medida que el tiempo pasa y el desgaste de las figuras se va produciendo, la gente comienza a agregarle un tinte peyorativo a la manera de gestionar de cada gobierno. De la misma forma que al menemismo se lo recordará por su pátina "neoliberal", a la gestión Kirchner ya se le ha endilgado el mote de "populista", calificativo que poco le gusta a la cúpula del poder (especialmente a la Presidenta) porque su pretensión ha sido siempre que se considere que el Gobierno es de carácter progresista, aunque a veces no pueda disimular su raigambre conservadora.
Precisamente, esa ubicación dentro del "populismo" permite que durante los últimos tiempos a Cristina de Kirchner y ahora a su marido, le lluevan palos por derecha y por izquierda. Desde esta última vertiente, el economista Claudio Lozano acaba de decir que "el problema de la Argentina al crecer es que mientras los ricos consumen mucho, las empresas que tienen invierten poco" y que por eso se necesita "un Estado que subsidie a los pobres y no a los ricos y que controle más".
Otro economista, Carlos Melconian señaló críticamente desde otro espectro que la actual maraña de subsidios, la que desplegó en un inmenso mapa sobre el cual intentó reconstruir el entramado al que llamó Frankestein, "es muy difícil de dominar y son los que sostienen un conjunto de precios relativos que están atrasados y que alimentan las expectativas inflacionarias".

Si Menem “destruyó”
a la industria,
Kirchner hará lo
propio con el campo


Por su parte, Diana Mondino acaba de advertir sobre las dificultades en las que ingresan las economías cuando se le quitan los incentivos para producir. Según la economista del CEMA, el "sistemático ataque" al campo por parte de las decisiones oficiales, como la imposición de las retenciones móviles que para ella "son precios máximos puestos en la punta productiva de la cadena", pone el esfuerzo únicamente en los ruralistas, sin permitir que, de haberse impuesto al final de la misma, "el menor margen de la cadena sea absorbido por los diferentes eslabones, en función de su capacidad y de sus expectativas".
Este enfoque técnico, se entronca con el pesar que los productores recitan a diario por las radios, ya que dicen que el gobierno les echa la culpa a ellos de la suba de la carne, por ejemplo, que hoy cuesta $ 3,80 el kilo en Liniers, menos que antes del conflicto, y llega a $ 20 a las carnicerías. Ellos señalan a voz en cuello que hay "ineficiencia" de Moreno al controlar, pero lo que Lozano denuncia es la acción de "grupos concentrados a los que no se toca", en el medio de la cadena de comercialización.
También Mondino explica que los chacareros "se están comiendo el capital" y, junto con el dinero, otros capitales que hacen a la actividad, como los vientres, la genética, la infraestructura, la tecnología y la tierra. El deterioro del factor capital lo pasó en números el propio Melconian, quien demostró que un productor de soja que tiene un campo de 300 hectáreas con un rinde 20 quintales por hectárea, a un precio de U$S 450 dólares la tonelada, consigue hacerse en un año de apenas 9 mil pesos y si el precio de la soja llega a U$S 500 podría sumar $ 34.800 antes de pagar el impuesto a las Ganancias. El mismo ejercicio en un campo arrendado le permitirá "ganar" algo, pero sólo cuando el precio se acerque a 500 dólares.
El conflicto con un agro que teme por la descapitalización y toda su secuela de ruido político, cacerolazos y acusaciones de desestabilización e incendios de campos incluidos, ha sido el emergente de un grave problema que ya tenía la economía a partir de la negación de los índices inflacionarios, del nuevo fracaso de los controles de precios y de la bronca de los consumidores por la subestimación que se hace de sus bolsillos. Sin embargo, la confrontación con los ruralistas actuó como una Caja de Pandora para desnudar otras dificultades bien graves de tono político que se manifestaron en la aparición desembozada de internas en el círculo más íntimo del poder y en la lucha por la preeminencia ideológica.
En este sentido, el avance de Néstor Kirchner le pone cierto ruido adicional a la consideración pública de la figura presidencial y no sólo porque ahora tiene micrófono seguido como virtual titular del PJ, sino porque parece haber abandonado sus oficinas de Puerto Madero, para instalarse en Olivos durante buena parte de la jornada. Desde allí, salen ahora las operaciones para convencer a partir de la prensa más adicta, por ejemplo que "a Lousteau lo echó la Presidenta" o para decir, el viernes, que "los mercados no sufrieron por el recambio", cuando la jornada fue una catarata de ventas de bonos y el riesgo-país superó los 600 puntos, mientras que el Banco Central tuvo que vender más de U$S 300 millones para parar la minicorrida y la calificadora Standard & Poor's pasó la perspectiva de la deuda argentina de "estable" a "negativa".
Sin embargo, otras cosas que están sucediendo en materia de operaciones de prensa llaman más la atención y es bueno referirlas para sacar conclusiones o elucubrar variadas teorías conspirativas. Durante la semana, algunos periodistas radiales y también la Agencia DyN fueron informados sobre una encuesta que mostraba a Cristina Fernández de Kirchner en un nivel casi de subsuelo, para una presidenta que tiene sólo cuatro meses de estar en su cargo: apenas 24 por ciento de aprobación de gestión y una imagen positiva que llega a 36%.
Ninguna consultora se ha hecho cargo de la misma y llama la atención, porque siempre desde la Casa de Gobierno se ha insistido en difundir de a dos o de a tres las encuestas que marcan invariablemente un ritmo excelente de gestión e imagen. Sin embargo, lo más vidrioso de la cuestión para el análisis político no son los números en sí mismos, sino sus voceros. Quienes se encargaron de dar a conocer estos resultados tan complicados para Cristina fueron hombres del riñón de Néstor Kirchner.
 

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