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Abel Chiarle comenzó a trabajar en la estación de Lumb en 1943, a los 17 años. A lo largo de 50 años, recorrió cincuenta dependencias de toda la Provincia, algunas de las cuales ya desaparecieron
Por Maximiliano Caloni
Redacción

En la década del 40, el pueblo de Lumb no era lo que es hoy. La Estación del Ferrocarril Sur generaba empleo casi en forma constante y el pueblo crecía paso a paso. Como ejemplo, se puede decir que había almacenes de ramos generales, pensiones, una carnicería, una tienda, una peluquería, una escuela, dos herrerías, un taller, destacamento de Policía y hasta un salón de baile.
Todo giraba en torno a la estación del tren. Es que allí, en los galpones, trabajaban no menos de 20 personas por turno para cargar las bolsas con cereales que llegaban para ser transportadas.
A esa estación llegó Abel Chiarle, a los 17 años, en 1943. Chiarle vivía en un campo de la zona junto a su familia y de inmediato comenzó a trabajar como peón accidental. Luego fue ascendido a auxiliar y trabajaba 12 horas por día, sin cobrar sueldo durante 8 meses.
“Era el tiempo de los ingleses y el jefe me tenía para ordeñar las vacas y demás…”, relata hoy Abel, al tiempo que explica que después de 8 meses rindió examen para ser ascendido a auxiliar.
En su casa de Necochea, junto a su señora Nydia, recuerda que realizó el examen en Tandil y luego fue trasladado a Orense, donde comenzó a cobrar un sueldo. “Me encantaba –asegura-, porque me gustaba mucho el trabajo en al oficina”.
Luego de trabajar en distintas estaciones de la Provincia, Abel tuvo que realizar el servicio militar y regresó a Lumb, a los 22 años. Un año más tarde, fue ascendido a jefe relevante y comenzó su periplo por la Provincia.
Por la Provincia
“Ese fue mi primer y único trabajo”, asegura en diálogo con Ecos Diarios, puntualizando que “trabajé durante 50 años y me jubilé en la Estación de Quequén”.
Chiarle cuenta que “como era jefe relevante, cuando un jefe de estación se tomaba vacaciones o licencia, yo me tenía que ir hasta ese lugar a hacerme cargo de su puesto”. Así fue que conoció casi toda la Provincia y estuvo en estaciones que hoy ya no existen.
“Anduve por todos lados”, añadió, indicando que “por aquel entonces, en la estación también funcionaba el correo, se hacían giros y estaban los galpones donde guardaban las bolsas con cereal para cargar”.
“Según mi cuenta, pasé por 50 estaciones diferentes, algunas en más de una oportunidad”
Abel controlaba todas esas actividades y al personal a su cargo. “No era fácil el trabajo por aquellos tiempos, porque el personal que tenía más edad que uno no le gustaba que el jefe fuera más joven…”, sostiene, aunque siempre se las arregló para hacerse respetar.
En su periplo por Buenos Aires, conoció las estaciones de Cacique, Barrer, Azucena, De la Canal, Egaña, Rauch, Colman, Plaza Montero (cerca de Las Flores), Molina, Aparicio, La Sortija, Ochandío y El Apeadero, entre otras. “Según mi cuenta, pasé por 50 estaciones diferentes, algunas en más de una oportunidad”, aseguró.
Mientras cuenta su historia, Nydia prepara el mate y se suma de vez en cuando a la conversación, dando detalles de algunos viajes, ya que en más de una oportunidad lo acompañó.
Tras varios años de viajar por diferentes lugares, Abel Chiarle terminó en la estación de trenes de Quequén, donde luego de 50 años se jubiló. Hace unos años atrás, en el patio de su casa comenzó a crear, en miniatura, una réplica de la chacra donde vivió con su familia.

Hoy disfruta de sus recuerdos y comparte su vida junto a Nydia, su esposa de toda la vida, mientras es visitado por amigos y familiares, a quienes todavía les cuenta algunas de aquellas anécdotas.
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