En otro capítulo más respecto a roles y responsabilidades en los hechos de violencia que tienen lugar en las escuelas se entrecruzan llamados y convocatorias a tomar parte del problema y aprender nuevos hábitos para solucionarlo.
Algunos de estos convites tienen buena recepción, mientras otros se consideran poco viables y hasta contradictorios con la realidad que lamentablemente no es la idealizada.
Directivos de escuelas y funcionarios supieron muy bien hace una década -equivocados o no- cómo actuar cuando un alumno agredía verbalmente a un docente; cuando se trenzaban en peleas físicas entre compañeros o tal vez en situaciones hoy consideradas anecdóticas como tirar una tiza en clase.
Entre esos parámetros de la entonces "violencia" oscilaban las amonestaciones, luego erradicadas en todo el país y las sanciones "ejemplarizadoras", como ayudar a realizar trabajos y arreglos en la escuela, luego de realizar los "descargos" o explicaciones ante los Consejos de Convivencia, respecto a los motivos de la agresión.
Complejidad
Hoy, por tomar estos últimos diez años, funcionarios de educación del país, directivos de escuelas y docentes asisten a formas más complejas y graves que se dan dentro, fuera y en las inmediaciones de los establecimientos de enseñanza, inclusive en los recreos donde es casi ausente la presencia de los adultos.
En estos micro mundos de niños y adolescentes muchos veces se suceden crueles "juegos" de exclusión o discriminación sea por ausencia o presencia de belleza física, por cuestiones socioeconómicas, por ser un alumno destacado o lo contrario.
Todo viene bien para generar bandos, grupos, controversias, cuestiones a las que no escapa tampoco el Primer Mundo, en el que se supone que está todo resuelto y en el que lamentablemente también se buscan las diferencias de cualquier tipo -ser del Norte o del Sur, inmigrante o nativo- para encerrarse en esa burbuja del individualismo que arrasó en los '90 con la noción de solidaridad, esfuerzo conjunto y compañerismo, que imperaba.
En el marco del debate sobre los hechos de violencia en las escuelas se pueden observar toda clase de recomendaciones y reclamos.
La directora del programa de Formación de ciudadanía en las escuelas del país del Ministerio de Educación, Mara Brawer, enfatiza con calma que la escuela "sigue siendo un lugar seguro" y que a su entender "no aumentaron los casos de violencia, sino su envergadura".
Brawer, quien fuera subsecretaria de Educación durante la gestión de Jorge Telerman en la Ciudad y además coordina el Observatorio sobre Violencia en las escuelas de la cartera de Juan Carlos Tedesco, sostiene con datos y relevamientos que "pocos chicos admiten haber sido víctimas de violencia" y que una mayoría de alumnos dice "haberlos presenciado respecto a otros".
Para la funcionaria el "clima" de violencia muchas veces se forma "con la reiteración mediática de los hechos, que trae nuevos hechos" y compara la cuestión con las campañas contra las adicciones que reiteradamente intentan "demonizar la droga, y terminan instalándola como un valor para algunos jóvenes", que lo ven como un desafío.
Fuera de este diagnóstico que puede tal vez desvanecer la angustia, suena para muchos irrisorio que los funcionarios convoquen a los "padres" a hacerse cargo de la violencia de sus hijos.
Quejas
En ese sentido, muchos docentes se quejan que además de su labor formadora tienen que realizar desde hace un largo tiempo tareas asistencialistas como dar de comer a los chicos, tramitar el DNI, las becas, buscar empleo, etc.
Pero yendo más allá y a lo grave tienen que enfrentar en escuelas primarias y medias del conurbano cuestiones como jóvenes drogados, emborrachados, que van armados a la escuela -seguramente la extraen de sus hogares.- y hasta llegar a impedir que un sospechoso progenitor pida sacar a una hija antes de la escuela para cometer un abuso.
Muchos no hablan de desmembramiento o fractura de las familias, pero la pregunta del millón es cómo se arregla esta pérdida de valores y principios en los hogares actuales, muchos de los que perdieron la autoridad -en el mejor de los sentidos- y el rol de los adultos.
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