|
La decisión judicial de permitir que el sacerdote Julio César Grassi permanezca en libertad, pese a haber sido condenado, fue cuestionada por la directora de una asociación civil. Advirtió sobre la doble cara que caracteriza a los abusadores de niños, niñas y adolescentes
Por María Beatriz Müller (*)
Colaboración
En un reciente fallo dictado por el Tribunal Oral Nº 1 de Morón se declaró culpable a Julio César Grassi por los delitos de “abuso sexual agravado” por su condición de sacerdote “encargado de la educación y la guarda”, “en concurso real con corrupción de menores agravada”. Si bien no tiene sentencia firme, lo condenó a 15 años de prisión, pero no quedó detenido, sino que continúa en libertad e incluso puede visitar el lugar donde se cometió el delito. Es repudiable tamaña aberración y falta de conocimiento por parte del Tribunal actuante.
Tratando de hacer un pequeño aporte al saber del Tribunal es necesario realizar algunas consideraciones que venimos trabajando desde nuestra institución respecto de las características de los abusadores, violadores, agresores sexuales de niños, niñas y adolescentes.
Si debiéramos describir características que hemos hallado durante todos estos años de tarea, en los que nos encontramos con muchos agresores de niños/as, cara a cara, tanto durante el proceso de evaluación de los pequeños/as, como de ellos mismos, o durante el proceso de juicio oral, nada define mejor a estos victimarios que la idea de máscara, doble cara, doble fachada. Lejos está de la idea de un sujeto aberrante, monstruoso, deformado, que asusta cuando se lo ve; todo lo contrario, se trata de un señor o señora, que tiene el mejor concepto en el vecindario, buen profesional, comerciante, sacerdote o lo que sea a lo que se dedique, amable, simpático, siempre bien dispuesto, incluso durante el proceso en el que se lo está investigando…, cuantos errores se han cometido por esta mascarada, cuántos niños y niñas han sido victimizados una y otra vez porque los funcionarios e incluso los colegas no podían creer que un señor tan “buen padre” fuera capaz de semejante barbaridad…
Ocultos
Parece que no se comprende que la principal característica de los violadores de niños y niñas es la doble fachada o la máscara, que oculta su verdadera cara.
Si bien estamos trabajando en la elaboración del perfil del agresor, que resulta complejo definir, preponderantemente hemos visto, signos de inmadurez psicosexual, es decir sexualidad infantil, rasgos perversos, y muchas características psicopáticas, pero generalmente en una estructura de base neurótica, que cuando la evaluación es analizada por profesionales sin la suficiente experiencia o influenciado por la doble cara puede llevar a resultados nefastos para las víctimas.
Para describir un poco más al agresor, debemos recorrer los aspectos de la psicopatía que consideramos se encuentran en los abusadores de niños/as. Sabemos que los psicópatas se caracterizan básicamente por su desprecio hacia las normas establecidas por la sociedad. Carentes de principios morales, sólo valoran a las demás personas en la medida en que puedan serles de alguna utilidad práctica, de modo que no tienen reparo alguno en atropellar los derechos ajenos cuando estos representan un obstáculo para el logro de sus propósitos. Su falta de sentimientos de culpa se traduce en todo tipo de justificaciones para sus actos, de modo que el psicópata se muestra a sí mismo como incomprendido o víctima de la sociedad, guiándose siempre por sus propias reglas y no admitiendo nunca el menor remordimiento o vergüenza por sus atropellos. Son depredadores infrenables e imposibles de tratar en quienes la violencia es planeada, decidida y carente de emociones.
Cleckley enumera los siguientes rasgos característicos de las personalidades psicopáticas: atracción superficial; ausencia de ansiedad neurótica; ausencia de trastornos del juicio; irresponsabilidad; conducta antisocial habitual, inadecuadamente motivada; buena inteligencia; falta de remordimiento y vergüenza; incapacidad para amar; incapacidad de aprender con la experiencia; falta de autocrítica; pobreza de reacciones afectivas; fracasos frecuentes e inexplicables; y, por último, falta de sinceridad.
En resumen, el psicópata tiene poca capacidad para adaptarse satisfactoriamente al medio ambiente, es voluble, egocéntrico, muestra un predominio de las tendencias instintivas y una deficiente disposición para amar.
Los tipos psicopáticos formulada por K. Schneider, autor que con más rigor ha descrito los rasgos de las personalidades psicopáticas, define una serie de grupos. Todos estos grupos se presentan no sólo en diferentes grados de intensidad, sino también en todas sus combinaciones. Dentro de estos grupos destacamos los que hemos hallado de modo recurrente en los violadores de niños, niñas y adolescentes:
* Psicópatas explosivos: son aquellas personas que, ante el motivo más insignificante, montan en cólera y pierden el autocontrol. Cualquier palabra les ofende, determinando inmediatamente una respuesta insultante o agresiva. Fuera de estas reacciones, tales individuos son casi siempre tranquilos y dóciles.
* Psicópatas desalmados: con este nombre se designan las personalidades psicopáticas caracterizadas por un embotamiento afectivo. Son individuos que carecen de sentimientos de compasión, vergüenza, arrepentimiento y conciencia moral. Conocen perfectamente las normas morales, pero no subordinan a ellas su conducta. La frialdad de sentimientos se manifiesta tempranamente, siendo frecuentes en la infancia la inadaptabilidad escolar, el precoz despertar de la sexualidad, (que podríamos asociar a victimizaciones sufridas) e incluso la comisión de delitos, ya de modo solitario o en grupos junto a otros sujetos asociales. Tienen extraordinaria importancia social estos psicópatas por su acentuada peligrosidad, dando lugar a todo tipo de delitos, desde crímenes brutales hasta atentados contra la propiedad.
Respecto a la responsabilidad, la tendencia actual es a considerar a los psicópatas imputables y, por tanto, sujetos a sanción penal, sin tener en cuenta para nada su psicopatía; ya que tales personalidades poseen la facultad necesaria para conocer la punibilidad del hecho y para actuar con arreglo a este conocimiento, aunque los motivos de su actuación radiquen más en el temor al castigo y en el egoísmo que en verdaderos valores morales.
De todo lo descripto anteriormente se desprende inevitablemente la repetición compulsiva del delito, además solo es necesario recorrer los historiales de los últimos tiempos, donde se han producido innumerables hechos cometidos por delincuentes que estaban cumpliendo pena, o acaban de cumplirla o estaban procesados en libertad, por lo tanto no entendemos cual ha sido el criterio o la fundamentación para dejar a Grassi en libertad, fue encontrado culpable, el delito fue cometido, y por lo tanto lo volverá a hacer, como seguramente lo ha hecho en otras oportunidades, además de los hechos por los que fue juzgado. No importa lo que diga, miente, porque mentir es parte del perfil, no importa lo que parezca, usar una máscara es parte del perfil.
Por otra parte, es interesante incluir un párrafo que nos sumerge en una paradoja y vergüenza que no por ser ajena debemos soslayar. Se trata de un artículo escrito por Jorge Corsi que pone ante nuestros ojos la máscara del abusador.
Decía Corsi hace algunos años en un artículo en su página web que tituló ¿Por qué es más fácil creer al victimario que a la victima?
“Por otra parte, los estudios concernientes a los perpetradores de abuso y maltrato intrafamiliar muestran que es el adulto masculino quien con mayor frecuencia estadística asume ese rol. Dichos estudios describen al abusador típico como alguien que no tiene nada que ver con los estereotipos habituales que circulan en el imaginario colectivo; es una persona que, ante una mirada ingenua, jamás podría aparecer como victimario. Esto se debe al fenómeno que ha sido definido como “doble fachada”: existe un desdoblamiento entre la imagen social y la imagen privada. En sus contactos sociales puede ser considerado como una persona agradable, racional, simpática, equilibrada, etc., mientras que en la intimidad del hogar puede ejercer verdaderos actos de tortura física y/o psicológica con su mujer o sus hijos. Dado que, por definición, el victimario es quien ocasiona el daño, está en una posición de mayor fortaleza física y/o psíquica que las víctimas. Esa posición de mayor fortaleza y equilibrio es la que perciben los observadores externos”. Evidentemente sabía muy bien de quién y de qué estaba hablando.///
(*) Directora de Salud Activa
|