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Sensaciones de Malvinas contadas por un ex combatiente necochense | Ecos Diarios
Sensaciones de Malvinas contadas por un ex combatiente necochense Imprimir E-Mail
09 abril 2008 09:42

El hambre se convirtió en nuestro enemigo, pasamos hambre, la comida no llegaba, el humor de todos nosotros ya no era el mismo. De noche caminábamos en búsqueda de un poco de comida, dice el autor

Por Alejandro Lombardi (*)

Colaboración

Escribir sobre Malvinas desde nuestra postura, que es la de un soldado que estaba haciendo el servicio militar en aquel momento, puede encararse de dos maneras. La que relata los hechos como un libro de historia, es decir, la “historia narrada” o la otra ,que cuenta las sensaciones vividas, que sería la “historia vivida”. Prefiero la segunda.

Después de 26 años de haber vivido la batalla de Malvinas tengo la certeza de que cada día que pasa está más viva que nunca, quizá no en los hechos que se nublan con nuevos recuerdos pero si las “sensaciones”, quizás pueda explicarlo como que la guerra vive dentro nuestro.

Hoy me veo como aquel chico de 18 años y no puedo creerlo, observo los amigos de mi hija de esa edad y ni siquiera puedo imaginármelos en esa situación.

El “colimba”

En aquel tiempo todo era “colimba” o mejor dicho cuartel, los famosos bailes que nos daban, la ropa, el mate cocido, la pelada, los francos de fin de semana, aguantar las cargadas de los amigos. Todo era así hasta el franco del 9 de abril de 1982 (Semana Santa) cuando, el domingo 11, lo pasamos a buscar a Mario Goicoechea (vasquito) por Quequén para que mis viejos nos llevaran a Mar del Plata. Aquella despedida del vasquito con su mamá y su papá lo decía todo… jamás olvidaré la expresión de sus rostros, parados en la vereda mirándonos mientras el auto se alejaba… ambos sabíamos que a partir de ese momento nada sería igual, pero no podíamos preocupar a los viejos… entonces saludábamos con la garganta agarrotada por el sentir. A partir de allí todo sería sentir.

Luego de soportar expresiones de coraje en el cuartel, de frases como “¡viva la patria, carajo, recuperamos las Malvinas!”, del oficial de turno… “ahora van a ver lo que les toca a esos gringos”, que se repetían con voces enérgicas y a los gritos… quizás pensaban en su estupidez que eso los volvería valientes, quizás pensaron inocentemente que el coraje se medía a los gritos, pues poco duraría esa “sensación”, en muy corto tiempo aprenderían que el coraje se mide de otra manera.

A partir de allí empezó el juego de preparación para la guerra, digo “juego”, parecido a lo que hacíamos siempre, hasta que un día de abril, a la madrugada las sensaciones se hicieron más fuertes. El frío helado de Malvinas nos golpeó la cara como una señal que indicaba que se terminaba el juego.

Junto al cañón

Nos ubicamos en la posición que nos correspondía con nuestros cañones de 35 mm antiaéreos, y al frío inicial del primer día se le sumó la lluvia y la ropa mojada. Después se mojaba el piso de la carpa e hicimos trincheras (pozos cubiertos con chapas, hierros, lonas, redes y camuflados con panes de césped) donde pasábamos nuestro poco tiempo libre, descansando alrededor del fuego. Se sumaban las horas interminables apostados en el cañón… con el viento frío que helaba la cara y la ropa mojada …y de a poco empezaba a nacer la peor de todas las sensaciones negativas: el hambre.

Empezaron los bombardeos continuos, pero no eran los juegos de cuartel, no era el ruido ensordecedor de la única práctica de tiro del cañón ... era la verdadera

No importa a quién había que matar, sólo importaba matar primero. Ya nuestra sensación era primaria y simple, sobrevivir.

guerra, el ruido de verdaderas bombas, el ruido de destrucción y muerte …. al principio esta sensación tremenda de morir en cualquier momento por una bomba, nos paralizaba, nos dejaba mudos. No hacíamos ningún ruido para escuchar el silbido de la siguiente bomba, pensando que podríamos adivinar el recorrido y saber dónde caería. Rápidamente aprendimos que esto era imposible y entonces esa sensación tremenda se convirtió en costumbre, nos estábamos acostumbrando a la guerra… empezábamos a ser soldados, empezábamos a no sentir, mejor dicho empezábamos a seleccionar sensaciones… no había tiempo para pavadas, se estaba generando una sensación totalmente diferente que superaría a todas las demás, la sensación de sobrevivir, sobrevivir a cualquier costo. No importa a quién había que matar, sólo importaba matar primero. Ya nuestra sensación era primaria y simple, sobrevivir.

El hambre, un enemigo

Pero durante toda la guerra de Malvinas hubo una sensación que nos doblegaba, que era insoportable, que nos hacía perder el juicio (aún arriesgando nuestra vida) era el pequeño gran monstruo, producto de la estupidez de alguien que en los cuarteles jugaba la guerra y se olvidó que los soldados deben comer. Sí, el hambre se convirtió en nuestro enemigo, pasamos hambre, la comida no

Con los bombardeos, el hambre, el frío, el cansancio … empezamos a sentir nuevas sensaciones: la de perder a un compañero o, peor aún , a un amigo.

llegaba, el humor de todos nosotros ya no era el mismo. Es inimaginable para una persona común que adivine las cosas que comíamos del piso, en mal estado, o los kilómetros que caminábamos de noche en búsqueda de un poco de comida. Deben saber que en el medio de una guerra, de noche la vida no vale nada, se le tiraba a matar a cualquier cosa que se movía. De día sólo te tiraban los ingleses, de noche te tiraban todos.
Con los bombardeos, el hambre, el frío, el cansancio … empezamos a sentir nuevas sensaciones: la de perder a un compañero o, peor aún , a un amigo. Mi principal preocupación era saber del vasquito, ¿estaba herido?, ¿era grave?, ¿dónde estaba?, ¿lo volvería a ver? Las preocupaciones se sumaban, las sensaciones negativas se acumulaban, aparecía la venganza como una forma de autodefensa, de autoprotección. La sed de venganza nos daba coraje, no los gritos de un militar; era la muerte cercana la que nos enloquecía.

El frío

El frío era un aliado a veces, nos habían bicho que resistiéramos, pero se empezó a sentir de otra manera, se soportaba… pero cuando se mezclaba con la ropa mojada (sobre todo con las medias) producía pie de trinchera. Esta sensación de agujas clavadas en los pies, se aliviaba desabrochando los borceguíes, ya que se nos hinchaban… si no lo parabas ahí (masajeándolos, medias secas, calzado seco) después se ponían morados (ahí duele como loco), después negros y ya no dolía más. Los habías perdido.

La sed de venganza nos daba coraje, no los gritos de un militar; era la muerte cercana la que nos enloquecía.

A veces se agregaban otras sensaciones , … ¿Cómo estará mi familia? ¿Cuándo termina esta locura? ¿Volveré vivo? ¿Estos son o se hacen?
Es decir, que a veces el hombrecito de 18 años quería volver, pero ya era imposible, había muy pocas oportunidades para tener sensaciones normales, sólo había que sobrevivir.

Son 26 años pasados para los veteranos, nuevas sensaciones han ocupado nuestra vidas: mi hija, mi esposa, mis viejos, mi hermano, la familia, mis amigos, mi patria (antes no sabía muy bien el significado)…en fin cosas normales que rodean mi existir. ¡Que suerte!
Hace 26 años, los soldados nos transformamos (en escasos 60 días) de jóvenes de 18 años a seres humanos primarios. Y luego al volver, hubo que de a poco reinsertarse y convertirse en hombres.

¡Cuántas sensaciones nos dejó Malvinas! ¡Cuántas dejamos atrás y fueran reemplazadas por el amor y la vida normal ¡ Hoy aquello quedo atrás…

Pero algo siempre está, no sabemos qué es, pero está. Es como una angustia permanente, una sensación… ¡ maldición! nos quedó una sensación adentro de aquella época, no sabemos cómo describirla, pero está, siempre está.

Por nuestros caídos, por nuestros amigos muertos: por siempre Malvinas Por siempre Argentinas

(*) Ex combatiente

 

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