En sus días felices de Río Gallegos, un entonces despreocupado Néstor Kirchner solía pregonar ante sus amigos que lo chanceaban porque no solía dejar propinas y guardaba meticulosamente los vueltos de la mesa de café en la confitería del Automóvil Club local: “De centavito a centavito, se va haciendo el montoncito”, señalaba.
Alentado por un aparato político que ha demostrado notoria incapacidad –cuando no sospechada complicidad- para hacerle frente, el crimen sigue haciendo de las suyas, especialmente en Buenos Aires y otras grandes urbes del país, cobrando vidas de inocentes y poniendo en jaque a la sociedad.
Ante la crisis global, el mundo desarrollado coincidió en una serie de medidas económicas, entre las que se destacó la fabulosa inyección de fondos para salvar bancos e incentivar la actividad económica, mientras que en la Argentina el Estado, en vez de aportar dinero -teniendo en cuenta que siempre el gobierno de los Kirchner exaltó el alto nivel de reservas y el superávit- le tira la pelota al sector privado.
Mientras la presidenta Cristina, en la tierra de la bella y legendaria Cleopatra, se entusiasmaba con la idea de traer a la Argentina el cadáver momificado del farón egipcio Tutankamon, el aparato del Estado (aviones, helicópteros, fuerzas de seguridad, etc.) se ponía en marcha, por el viaje de Néstor Kirchner y miembros del equipo gubernamental de su esposa, a Necochea.
Los brutales atentados ocurridos esta semana en la India sumados a los alertas de potenciales ataques en Nueva York, Londres y otras grandes capitales, encumbran nuevamente al azote del terrorismo, en particular a aquél que se inspira en el fanatismo religioso, por encima de los problemas coyunturales que aquejan a la economía mundial.
La propuesta del cobismo para que se realice una consulta popular y que la gente determine si Julio Cobos debe continuar en la vicepresidencia, refleja una callejón sin salida en el que se encuentra el mendocino respecto de su futuro político.
No deja de ser una lástima que cada vez que la Presidenta pronuncia un mensaje de aceptable contenido – como el del martes ante los industriales abriendo una atractiva puerta a la repatriación de capitales – lo desnaturaliza con una de sus ocurrencias peculiares que terminan por dejar perplejos a quienes la escuchan: por ejemplo al comparar los discursos de Barak Obama con los de Néstor Kirchner.
El viento de cola que acompañó milagrosamente la gestión de Néstor Kirchner en la presidencia de la Nación dejó de soplar. Muchas cosas influyeron para que el fenómeno meteorológico se convierta hoy en un factor adverso que, así como aportaba todas las bonanzas al hombre del matrimonio, ahora altera constantemente la gestión de su esposa y sucesora, Cristina Fernández.
La Ley que estatiza los ahorros jubilatorios de algo menos de 10 millones de personas y devuelve al Estado el monopolio de la seguridad social que hoy se festeja como un acto de soberanía, podría convertirse en pocos años más en un monstruo de mil cabezas, dispuesto a engullirse a los gobiernos que vendrán.
Finalmente Cristina Kirchner recibió la llamada que tanto ansiaba. Mientras se aprestaba en Túnez a ser recibida por el mandatario de ese país –en el marco de una gira africana que es de esperar traiga algún beneficio en función de su elevadísimo costo- el vocero presidencial Miguel Nuñez le acercó, con una sonrisa de oreja a oreja, un teléfono celular satelital con nada más ni nada menos que Barak Obama al otro lado de la línea.
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